Velas tradicionales Teotitlán del Valle

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Por Claudia Guichard

Sofía Ruiz Lorenzo
Velas tradicionales
Teotitlán del Valle
Tlacolula de Matamoros, Oaxaca

Si existe algo —además de la belleza de las velas tradicionales que elabora— que muestre tan claramente la pasión y el carácter de Sofía Ruiz Lorenzo, probablemente sea este episodio de su niñez: cuando ella tenía apenas nueve años, su abuela materna, quien se dedicaba a elaborar las velas tradicionales de Teotitlán del Valle, falleció. Al dolor de la pérdida, se sumó la circunstancia de que antes de morir, la abuela había contraído el compromiso de elaborar las setenta y ocho grandes velas con que se adorna el altar del templo local durante la fiesta patronal, en honor de la Preciosa Sangre de Cristo.

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En medio de la tragedia y la urgencia, la pequeña Sofía, a quien entre juegos e historias su abuela había enseñado la técnica para elaborar las velas, se hizo cargo de la encomienda inconclusa, y logró salir airosa.

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Desde entonces, aún a tan temprana edad, pudo darse cuenta de los alcances de su determinación y su coraje, pero más importante: valoró la sabiduría de las enseñanzas de su abuela, y el suave y hermoso modo en que la anciana había sabido inculcarla en su joven corazón. Más aún, Sofía lleva en sus venas el orgullo de pertenecer a una familia llena de tradiciones y saberes ancestrales.

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Entonces, Sofía no imaginaba que sería la única de veintitrés nietas que preservaría la tradición de las velas, y que además honraría con amor, belleza y talento esa herencia: las velas que elabora, hechas en su totalidad con cera natural de abeja, traída desde San Cristóbal de las Casas, son únicas. Además, Sofía no usa moldes para elaborarlas, excepto una olla de barro, y basta con eso para crear hermosas figuras de rosas, alcatraces, claveles, girasoles, margaritas, gladiolas, nardos, lillys, azucenas, orquídeas y tulipanes, así como colibríes y otras aves, y todas obtienen sus colores de tintes naturales.

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La delicadeza del trabajo exige paciencia y dedicación, y las piezas son únicas e irrepetibles: cada una se moldea con los dedos, y se trabaja de sol a sol, todos los días que sean necesarios. Elaborar una pieza “sencilla” toma por lo menos cuatro días, y cuando es más grande —hasta dos metros de altura— y compleja, puede requerir hasta siete meses.

Es posible notar la minuciosidad en la hechura de la vela cuando se observan, de cerca y con detenimiento, las numerosas capas de cera que cubren el pabilo. Y no existen velas que igualen las creaciones de Sofía, que han sido admiradas en diferentes lugares de la República Mexicana y el extranjero.

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El amor con el que Sofía elabora sus velas es consecuencia natural del amor a sus creencias y tradiciones, y los especiales significados de cada figura que adorna sus piezas son parte del legado que conserva y guarda con cariño: “Hay que proteger el conocimiento y las tradiciones, porque no son para hacer negocio: son para compartir y preservar una cultura, nuestra cultura. Hay que valorar y salvaguardar los significados que tiene, por ejemplo, portar el traje regional, hablar zapoteco…”, afirma con vehemencia.

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“Las velas se hicieron para encenderse y dar luz”, dice Sofía. Cuando uno conoce el amor que esta artesana profesa por Teotitlán, el entusiasmo con que busca dar a conocer los invaluables tesoros de su cultura, y especialmente la ternura con que a su vez enseña a sus dos hijas los secretos de este arte y el amor por su cuidado, puede darse cuenta de que la propia Sofía comparte con sus creaciones esa vocación de luz, de disipar la oscuridad, de iluminar el camino.

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